No soy titiritero. Esencialmente porque ignoro la exigente técnica que requiere el fantástico arte de la marioneta.
Así que estos que presumen de usar el castellano o español con excelencia, que empiecen por hablar con propiedad. Porque los que nos dedicamos al teatro, el cine o la TV; los escritores, los técnicos, los actores...somos esencialmente -y aunque falte “curro”- “currantes” más que activistas.
Dejémoslo si acaso en trabajadores... ¿de qué? ¿Cultura? ¿Espectáculo? ¿Relleno de parrilla televisiva? Pongamos que “cultura” es esa cosa que alguna gente pone con mayúscula y que unas veces alcanza el epígrafe de “arte”, otras el -no menos noble- de “entretenimiento” y a menudo el de simple “aburrimiento”. Y ya se que el término, antropológicamente hablando quiere decir “usos y costumbres de un grupo social en un tiempo determinado”, pero intencionadamente lo uso aquí como cotidianamente lo comprendemos.
Voy a iniciar una colaboración en el periódico para internet “La Noticia Imparcial” tratando de aportar el punto de vista de un trabajador de la cultura sobre temas diversos (sí, de política también) y hacerlo de forma pública, con el riesgo que eso conlleva.
Cuando alguien de este gremio o colectivo se atreve a dar un punto de vista político suele escuchar: “¡Vosotros a lo vuestro!”, y si se quiere incorporar la guinda despreciativa oímos: “¡titiriteros!”. Como si ese noble arte fuera una maldición...-de hecho esto es lo mismo que siento cuando en un atasco alguien espeta a otro “¡Payaso!”, y yo pienso: “que más quisiera”-. ¿Qué pasa con “los de la cultura” y sus opiniones? ¿Tenemos todos la misma opinión sobre las mismas cosas?¿Por qué se habla de “los de la cultura” ? ¿Por qué parece que opinamos como gremio si somos individuos muy distintos unos de otros?
Opinamos, sí, y nuestras opiniones tienen una difusión mucho mayor que las de otros por la sencilla razón de que trabajamos de cara al público, para divertir y para plantear retos a todos los demás, pero... ¿participamos? Cuando me atreví a participar en política uniéndome a un partido y expresando opiniones libres -unas veces personales y otras consensuadas con más gente- un amigo y compañero de profesión me dijo: “Te admiro, qué huevos tienes, pero...sabes que esto te va a costar perder mucho trabajo, ¿verdad?” ¿Por qué?
Como “trabajador cultural” me muevo habitualmente en un ambiente a menudo sectario de izquierdas y muchas otras sectario de derechas; pero en el que siempre convivo con el temor de molestar, ofender e incluso enfadar a mis colegas de gremio con mis opiniones. Me arriesgaré.
Porque merece la pena interesarse y merece la pena formarse una opinión propia sobre política, sobre sociedad y sobre muchos temas, pero esto es difícil...
Difícil porque toda la información que nos llega tiene un carácter sesgado o de interés partidista y a penas surge de una posición individual o crítica.
Difícil porque vivo en un país en el que opinar (no digo ya proponer) fácilmente te convierte en enemigo irreconciliable de todo aquél que opina diferente a ti.
Difícil porque procedemos de una cultura en la que está prohibido equivocarse...quiero decir que está prohibido reconocer una equivocación, lo cual nos lleva a menudo a sostener un criterio a toda costa por aquello de “ser coherentes” cuando nos sentiríamos tremendamente aliviados de corregirlo. Y éste es precisamente el factor que muchas veces nos cohíbe a la hora de tomar partido... ¡Qué lástima!
Pienso que, si no nos sintiéramos obligados a mantener una opinión, si de verdad estuviéramos abiertos a modificarla e incluso cambiarla por leer algo o escuchar a alguien, o sencillamente por un proceso de reflexión privada... Seríamos mucho más abiertos, seríamos mucho más comprensivos con el criterio de los demás, seríamos, en definitiva, más libres. Libres de verdad. Libres de discutir. De discutir sin miedo a ofender o ser ofendido. Seríamos parte de una sociedad mucho más divertida y amable. ¿Utópico? Para nada. Pero hay que tirar la piedra y pecar.
Así que me propongo pecar, opinar y equivocarme. Exponiéndome al error y anticipándome a la intolerancia. Esperando vivamente que se me contradiga y deseando la inspiración a rebatir que esto proporciona. Es decir: aspiro a usar este blog, este canal, esta opción para obtener el premio de un verdadero criterio personal que solo será personal si se cuece en la contradicción y se enriquece con la contraposición.
Me llamo Miguel Hermoso, soy actor; y no sigo una corriente de pensamiento único, intento -contra viento y marea- formarme una opinión propia sobre las cosas.
Y por eso este blog pasa del letargo a la difusión que supone estar en un diario.
Y no soy titiritero. Pero me encantaría serlo.